¿Qué pasa cuando la vida no te despeina?
Por alguna razón, el verano siempre es especial para mí. Tengo tiempo de sobra para hacer ciertas cosas que durante el año me resultan imposibles de realizar. Puedo leer cuanto libro quiera y sin importar su extensión en poco tiempo, puedo ver películas a la hora que desee y levantarme a horarios más que flexibles –que incluso, si fuese así mi voluntad, no tendrían por qué inscribirse en esa parte del día llamada mañana-, puedo salir todos los días o puedo achancharme y atrincherarme en casa a comer y ver Scarface –the World is yours-. Pero este verano, que como todos mis veranos empieza achanchadamente, acostumbrándome al ritmo flexibilizado del calor y el no tener ninguna obligación ni más rutina que hacer lo que se me da la gana, como diría Arjona en su juventud no tan juvenil, fue diferente. Este verano, cuando comenzaba a perfilarse con sus planes y salidas entretenidas e interesantes, se quedó sumido en la inmovilidad de una gastroenteritis terrible que puso mi mundo de cabeza, f...